6/13/2007

La tumba del poeta (por RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN)

Reproduzco aquí el artículo publicado hoy en el Comercio por Ricardo Menéndez. Utilizo el método de corta y pega.


LA TUMBA DEL POETA
Ricardo Menéndez


Como cuenta Pierre Michon en su obra 'Cuerpos del rey', sabemos que el rey posee dos cuerpos: uno eterno, imperecedero e insustancial que la literatura, la música, la pintura, el cine o la escultura consagra, y al que arbitrariamente llamamos Faulkner, Beethoven, Caravaggio, Tarkovski o Miguel Ángel; otro mortal, penoso y destinado a la ceniza que se llama «Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata», Mozart y luce una ridícula peluca, Pollock y escupe pintura en sus lienzos, Fellini y ríe a carcajadas ante una mujer gorda o Giacometti y fuma sin descanso en una habitación desolada.

Todos los artistas, lo reconozcan o no, aspiran a ser parte del primer cuerpo del rey, y a que sus nombres pasen a engrosar ese tejido caprichoso, volátil, difícilmente mensurable, que se denomina talento, genio, eternidad. Y también todos los artistas, lo busquen o no, suelen dejar una huella visible en forma de fotografía o retrato de ese otro cuerpo que, según Michon, es sólo «andrajo» y «carroña».

El cuerpo eterno de la literatura acogió hace ya tiempo a Fernando Pessoa en su seno y cabe pensar que jamás se desprenderá de él, por más que las modas estéticas y los astros en el firmamento cambien; del cuerpo mortal de Fernando Pessoa conservo siempre cerca de mí una imagen del poeta en «flagrante delito» (esto es, bebiendo) en una taberna lisboeta, con su sombrero, con sus gafas, con su delgadez rabiosa. Parece mentira, pienso acaso estúpidamente, que un hombre tan frágil y anodino pudiera ser tantos, pudiera ser tan grande, pudiera ser tan infinito. Pero ahí radica el misterio de los cuerpos, de los mortales y de los otros: las personas no siempre son lo que parecen.

No sé qué quedará del cuerpo físico de Fernando Pessoa, hoy que se cumplen 119 años de su nacimiento. Sólo sé que cuando viajo a Lisboa acudo religiosamente al claustro del monasterio de los Jerónimos en que está enterrado y pienso en sus dos cuerpos, el que se pudre allí dentro, como prueba de nuestra finitud, y el otro, el que vive en sus libros y que, como él hubiera querido, no pertenece ya al espacio, dividido por las fronteras políticas que levantan los hombres, sino que es, felizmente, patrimonio del tiempo.

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