1/26/2010

Sobre Haití. Hasier Larretxea



En los márgenes del confinamiento
pende una vela sobre un cubo de plástico. No hay quien la sople.
Nadie cumple años. El tiempo es saqueado de provisiones esperanzadoras.

Se juega a las cartas pensando que el azar
nunca supo de necesidades
ni de la angustia generada
en las láminas de cemento,
en el lugar donde no se sustenta
la raíz de de la historia reciente.

La oscuridad le gana el pulso al tendido eléctrico.

Noy hay destino donde no hay caminos. Donde no se puede caminar
sin pisar carne en descomposición,
los recuerdos, a dos metros bajo tierra.

Las sábanas transparentan las heridas de los muros de la naturaleza.

Esperanza minada por los desajustes de las escalas de la devastación
que zarandea el número al cuadrado
cuando los cuerpos son intermitencias.

No colinda el miedo cuando se hace añicos el album familiar
metros abajo del oxigeno respirable. No hay explicación empírica
para el azar que no sabe de ansia ni de pulsiones. Cuando el plano de la mirada
está devastado, se saquea hasta los bolsillos de uno mismo.

La indiferencia es inmune a la supervivencia.

En los márgenes del confinamiento,
quienes merodean entre la escombrera humana
caminan a través del paisaje descorazonador,
donde no saben
si el mundo real es este,
o es el infierno con el que les atemorizaron
desde pequeños. Sonámbulos que ansían vida cotidiana, algo que llevarse a la boca.

Dolor que se funde con el sueño que ingiere la exaltación de los cuerpos tendidos.

El tiempo, apocalipsis regresivo cuando no se sabe cuando va a amanecer entre tanta
oscuridad.
Hasier Larretxea

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