12/03/2009

Notas de un viajero

Una de las pocas cosas, caras,
que recuerdo de París
es un fugaz encuentro con un chino.
Sí, en efecto: un chino;
los ojos rasgados,
la tez amarillenta (se supone).
Tenía diecisiete años.
(A mí, no al chino, me refiero.)
Lo conocí en esa plazoleta
que hay cerca de Sacré Coeur.
Pintando cuadros
que luego vendía a los turistas
por cuarenta francos.
Con la típica inocencia
de mis pocos años (que por otra parte
no he perdido, a mi pesar)
le invité a una copa.
No bebía, según dijo.
Insistí. Le ofrecí un café.
Se excusó de nuevo, imperceptiblemente
incomodado: el día
era demasiado bueno
como para abandonar a esas horas
el negocio.
Finalmente conseguí que me aceptara
un cigarrillo
antes de despedirme
con las palabras que se acostumbra usar
en casos semejantes:
«Igual nos vemos por España
un día, no se sabe...»
«Sí —me respondió—. Tú grita
"¡Eh, chino!", que me acordaré.
Soy un artista. Un rostro
nunca se me olvida...»
Mucho más tarde
le conté esta misma anécdota
a un pintor borracho en Albacete
—¿o fue acaso en Cuenca?—,
un individuo que jamás usaba calzoncillos
y presumía en voz alta de cagarse
en los pantalones para no gastar papel...;
pero ésa es otra historia, como dicen.
Del chino, por cierto,
me acuerdo todavía muchas veces:
me ha llevado mas de diez años darme cuenta
de que me debió de tomar por maricón.

(Roger Wolfe.De Días perdidos en los transportes públicos, 1992)

2 comentarios:

Marina dijo...

jejejjej muuuy bueno!!!

Suarón dijo...

Sí, menudo golpe.Saludos.