Benjamin se despertó en el albergue
municipal con la misma resaca de todos los días. Una pastosa resaca
de vino de cartón y cerveza barata, las pocas bebidas que podía
llevarse a la boca con su miserable paga de incapacitado y su
adicción al juego.
Al
levantarse vomitó en el baño comunitario. Se lavó los dientes,
aclarándose la cara y los sobacos. Nunca desayunaba. Al menos hoy
tenía motivos para estar contento, era víspera de Nochebuena. La
ciudad luciría su suntuoso despilfarro en luces navideñas y las
tiendas y centros comerciales estarían de repletos de gente
comprando, una buena ocasión para conseguir un dinero extra
pidiendo. Además, la feliz falsedad en pleno apogeo, solía traerle
suerte.
Después
de aclararse volvió un rato a la cama y se masturbó pensando en una
de las voluntarias del albergue, la más joven de todas. Se limpió
con el gorro del traje de Papá Noel que había comprado hace unos
días.“GOD BLESS YOU”. Luego se lo puso, junto con la chaqueta
roja y blanca de Santa Claus. Con su barba blanca parecía el
mismísimo Papá Noel.
Salió
del albergue. Hacía una mañana calurosa y soleada, magnífica para
esas fechas. Se dirigió al parque contiguo. Estaba más repleto que
de costumbre por las vacaciones escolares. Caminó un rato por el
paseo, entre árboles y jardineras. Al pasar cerca de unos columpios
varios niños se le acercaron.
-Carapijo.
Tú no eres Papá Noel. Eres un mendigo borracho. Como dice mi madre,
un vago asqueroso.
-¿Qué
nos vas a traer? Solo mierda.
-¡Unas
hostias os voy a dar!
Benjamin
fue hacia ellos con las manos levantadas, pero los niños corrieron
con mucha más energía. Se agarró los cojones desafiándolos y
siguió caminando. Había bastantes runners y gente paseando a sus
perros. Dos adolescentes se besaban en un banco. Una especie de perro
bóxer, quizá atraído por los colores del traje, se le encaramó
con sus patas en alto, intentando abrazarle.
-¡Bolo,
ven aquí! ¡No molestes a ese señor!- gritó la dueña que iba
caminando más atrás, una mujer de unos treinta y tantos vestida con
un chándal ajustado y unos cascos inalámbricos.
Con
el susto del perro y los niños, la resaca le fue amainando. No era
un buen día para pasear tranquilamente por allí, así que dio media
vuelta y se dirigió al supermercado. Al entrar los clientes le
miraron de forma despectiva. Un compañero del albergue, ex-yonqui,
estaba comprando una bolsa de patatas fritas, chocolate y unas latas
de cerveza.
-¿Dónde
vas así vestido?-le preguntó.
-Voy
a buscar a los renos je,je, je. Se acercan fechas de mucho trabajo.
Buscó
la estantería de las bebidas y cogió un tetra brick de vino. Volvió
al parque y se sentó en un banco, algo más alejado del gentío,
mientras abría el cartón de vino. Pensó en su pasado. Había sido
una persona admirada y respetada, un músico de cierto prestigio.
Tocaba la trompeta en una orquesta y después formó como trompetista
en un grupo de jazz fusión de cierto éxito, actuando en muchos
garitos del país, pero también en grandes escenarios y auditorios.
Se acordó de aquel fatídico día. Volvía con su mujer de tocar en
un concierto. Conducía borracho y algo drogado. El coche se salió
en una curva. Solo sufrió varios golpes y un brazo roto, pero su
mujer se llevó todo el impacto en la cabeza. Falleció en el acto.
Después
llegaron las depresiones, el alcoholismo extremo y el juego. Dejó la
música y el grupo de jazz y se instaló en esta ciudad. El dinero se
le fue terminado. Algunas buenas rachas con las cartas y la ruleta,
pero acabó perdiendo la mayoría de ahorros. Gracias a lograr la
paga por incapacidad pudo subsistir.
Caminó
hacia el centro de la ciudad después de comer un bocadillo. El día
radiante enseguida se convirtió en noche. El bullicio previo a la
Navidad atestaba las calles. Encontró su esquina habitual y se sentó
para representar el papel.
-JOU,
JOU, JOU- Sus gritos enseguida llamaron la atención. Los niños más
mayores, los que ya no creían y el resto de la gente lo miraban con
cierta pena. No era un santa muy fotogénico para Instagram. Se había
partido un diente hace poco, en una caída volviendo al albergue.
Un
tipo cantaba ópera muy cerca de allí y se estaba llevando todas las
monedas, con su voz melodiosa estaba triunfando y allí era imposible
ganar nada. Se fue unas calles más abajo para instalarse en otra
esquina. Las primeras monedas empezaron a aparecer, ya sin la
competencia del operista.
-JOU,
JOU JOU-siguió gritando. Tuvo una corazonada: 14 rojo. Lo vio
claramente reflejado en el fondo de un edificio. Apostaría por ese
número en la ruleta del casino, si conseguía el dinero suficiente.
Las
horas pasaron y el gentío se iba atenuando. De repente apareció
ataviado con un ridículo sombrero y un pañuelo Daniel “el
negro”, el vocalista de su antiguo grupo de jazz. Hacía años que
no lo veía. Daniel “el negro” tenía una voz sacada del
mismísimo Harlem.
-¡Daniel,
Daniel!
El
negro se dio la vuelta y quedó un rato mirando y pensativo hasta que
reconoció a su antiguo trompetista.
-Hola
Benjamin. ¡Cuánto tiempo!¡Increíble! No sé nada de ti desde hace
años, desde que te fuiste por el accidente. ¿Qué tal estás?
Intentamos contactar contigo muchas veces-dijo el negro.
-Ya
ves, bien. Aquí trabajando para conseguir algo de dinero. Siempre me
gustó la escena.
-No
te veo muy buen aspecto.
-JOU,
JOU, JOU. Estoy de puta madre, pero sin blanca.
-Yo
ando de gira con mi nuevo grupo. Hoy tocamos aquí en la ciudad. En
The Cat, a las nueve. ¿Por qué no te pasas? Al resto les gustará
verte. Todavía se te recuerda en el mundillo. Podemos hacer que
toques un solo.
-No
lo sé. Hace tiempo que lo dejé y no volví a coger una trompeta.
¿No tendrás algo suelto?
Daniel
sacó su cartera y le dio tres billetes de 50.
-Te
debemos esto y más.
-
Gracias. A lo mejor me acerco.
-Sería
fenomenal.
Tras
despedirse, Benjamin se quedó pensativo. Dudó en acudir a la cita,
pero un impulso lo condujo hasta el casino de la ciudad. Apostó los
tres billetes al 14 rojo de la ruleta. Una sola y arriesgada tirada
con todas las fichas. La bola rodó y rodó cayendo en el 20 negro,
justo al lado del 14 rojo. Una vez más había perdido.
Se
fue de allí camino del albergue. Antes entró en una tienda que
seguía abierta y compró dos cartones de vino. Se sentó en un banco
del parque.
-JOU,
JOU, JOU.
Vio
pasar un carruaje con renos en el cielo. Venían a buscarle ya.
Empezaba aquí el trabajo gratuito de cada año por el que había
renunciado a todo. Se lo había prometido a su difunta mujer.
Él,
era el verdadero Santa Claus.
David
S. Suarón. "Obras para coleccionistas pobres o avaros"(Más Madera 2019)