29 oct 2020

El sueño

 EL SUEÑO



Hacía casi un año que no soñaba con aquel niño. Creía tenerlo ya superado, pero esta noche su imagen volvió a mi cerebro. Siempre se repite el mismo sueño.

El niño sale de la tierra donde estaba sepultado, con una tez azulada y unos ojos rojos devastadores. Yo estoy inmóvil en un descampado, presenciando la escena e incapaz de moverme. A continuación aparezco en el baño de casa y empiezo a escupir sangre por la boca y mis dientes se caen al suelo. Detrás de mí aparece el niño, pero ya no es él, si no un viejo centenario que ulula con los ojos en blanco.

Me despierto siempre sudoroso, con el pulso acelerado. Al mirar el reloj, son las 03:33 AM. Un respingo de miedo y terror, me recorre el cuerpo y tarda varias horas en pasarme. Esta noche fui a ver a mis dos hijos, a comprobar que dormían plácidamente. Mi mujer, aunque me escuchó levantarme y agitarme en la cama, se volvió a quedar dormida al poco rato. Tengo que tomar una pastilla para tranquilizarme. Hasta que me hace efecto vuelven las imágenes del sueño. El niño, un bebé prácticamente, saliendo de la tierra, como en la noche de los muertos vivientes, con costras y la piel casi descompuesta y los ojos rojos mirándome; y luego toda esa cantidad de sangre viscosa, casi negra, brotando por mi boca y mis dientes cayendo al suelo. Y la figura espeluznante del viejo con los ojos blancos. Esas imágenes son la que rondan por mi cabeza, hasta que gracias al efecto somnífero de la pastilla, consigo quedarme dormido.

Por la mañana, a las 7:00AM, suena el despertador. Afortunadamente mi mujer no tiene que madrugar. Con nuestro sueldo nos da para vivir muy bien. Soy un ganador. Todo lo que me he propuesto en la vida lo conseguí. Fui el jugador de baloncesto más destacado de la Universidad, el más popular, gracias a mi tiro exterior y mis penetraciones a canasta. Me ligué siempre a las chicas más guapas y los estudios los saqué con nota, a pesar de mis juergas, después de los partidos. Luego entré en política, siendo asesor del concejal de urbanismo, durante la burbuja inmobiliaria. Hice un buen dinero gracias a comisiones de obras y recalificaciones de terreno. Después, cuando todo se vino al traste y perdimos la alcaldía, me recoloqué como director de zona de uno de los bancos más importantes del país.

Me visto con el traje y desayuno rápidamente. Voy a despedirme de mis dos preciosos hijos a la habitación. Abro la puerta a la asistenta que se encargará de la casa y de llevarlos al colegio. Hoy mi mujer tendrá sesión de fotos para una marca de ropa femenina, así que le interesa descansar lo más posible. Me acerco a la habitación. Y la vuelvo a ver con la ropa interior, de la marca que la patrocina. Le lanzo un beso, aunque no se entera, recordando el magnífico polvo de la noche anterior al sueño, en el que conseguí que tuviera varios orgasmos, antes de correrme yo.

Salgo de nuestro chalet con piscina, a las afueras de la ciudad y me dirijo con el Mercedes al centro, donde está la sede del banco para el que trabajo. Saludo a mis compañeras y a mi secretaria. Me hago una raya. Hoy tengo que firmar la orden para unos cuantos desahucios. Lo hago sin escrúpulos. Es mi obligación y además no es culpa del banco, si no de los propietarios que no han tenido la responsabilidad suficiente para afrontar sus deudas.

A media mañana me vuelve otra vez la imagen del bebé saliendo de la tierra. Realmente, no he sido así siempre. Yo nací perdedor. Con 16 años era el típico chaval pringado y pajero de instituto, de padres pobres y separados, sin futuro. Mi hermano y yo vivíamos con mi madre que bastante hacía por tratar de sacarnos adelante, trabajando cuando podía de limpiadora. No me comía ni una rosca y aunque jugaba al baloncesto, no destacaba nada. A duras penas conseguía pasar de curso sin repetir.

Fue en el instituto cuando conocí a Carlos Casas, se hacía llamar "charlimanson" e iba con una panda de jevis frikis. Me hice amigo de él y me integré en su pandilla. Empecé a frecuentar las salas de juegos y bares, ir a conciertos, fumar porros y beber litronas.

Un día consiguió unos tripis y tuvimos nuestro primer viaje. En ese viaje fue cuando Charli vio al Demonio. Le dijo que si seguíamos todos sus pasos nos haría unos hombres y mujeres de provecho, no esa panda de frikis piojosos jevis que éramos. El primer paso era seguir tomando tripis. Así nos lo hizo saber, y como nos había gustado tanto aquel primer viaje, decidimos hacerle caso.

En la siguientes experiencias ya todos logramos ver al demonio y tener un viaje extracorpóreo donde visitamos el Infierno. Contrariamente a lo que nos habían enseñado de pequeños, estaba de puta madre. Lo vio bien El Bosco con su "Jardín de las delicias". Había orgías continuas, drogas, alcohol y sonaba una música extraña que te dejaba extasiado. Era mejor que escuchar a Iron Maiden y Manowar juntos.

Seguimos poniéndonos finos durante un tiempo, hasta que "charlimanson" nos propuso realizar la prueba definitiva para que nuestras vidas empezasen a cambiar. Nos la dijo uno a uno al oído y todos quedamos estupefactos por lo que nos planteaba.

Estuvimos un tiempo meditando si hacerle caso, pero un día de colocazo, en plena euforia decidimos llevar a cabo el plan que Carlos Casas había tramado y estudiado a la perfección.

Fue terrible. Algo abominable y espantoso.

Después de perpetrar aquello decidí alejarme de la pandilla. Estaba en COU y pronto empezaría a la Universidad. Fue cuando, como predijo Charly, mi vida comenzó a cambiar. Mi fuerza y habilidad en el baloncesto aumentó espectacularmente. Dejé de ser aquel chico tímido y retraído para convertirme en un hombre popular con el que todo el mundo se lo pasaba bien y quería estar. Mi rendimiento en los estudios experimentó también una notable mejoría, sacando la selectividad sin problema y con buena nota. Esta transformación tuvo su continuidad en la Universidad y después siguió, hasta llegar a lo que soy ahora.

Paralelamente al éxito en mi vida, se desarrolló un miedo atroz. Sabía que lo que me había ocurrido no era normal. El respeto y el miedo hacia las fuerzas ocultas fue una constante en mi vida que nunca me abandonó. Sabía que algo no cuadraba y temía que me sucediese algo tarde o temprano. Mi sitio no era ese.

Una vez firmado los desahucios, me puse a revisar los impagos bancarios. Esta semana once nuevos morosos no pagaron la hipoteca y varias empresas no habían abonado parte de su crédito. Además tuve que llamar a varias oficinas que estaban incumpliendo los objetivos de ventas. Si no espabilaban plantearía un ERE o una reorganización de personal.

Tras concluir la jornada laboral regresé de nuevo a casa. Hice unas cuantas tareas hogareñas y estuve jugando con mis hijos hasta la hora de dormir. Mi mujer me enseñó las fotos que le habían hecho para la marca de moda. Eran unas fotos muy eróticas. Hicimos el amor en el baño. Ella subida en la amplia repisa del lavabo y yo haciéndole sexo oral. Estuvo muy bien. Luego nos fuimos a dormir.

En la cama estuve de nuevo intranquilo. La imagen del niño me volvió a la cabeza. Esta vez no era la del sueño, si no la real. Recordé como robamos aquel bebé a aquellos rumanos y como "charlimanson" preparó el ritual de sacrificio. Nos fuimos a una casa abandonada en un descampado y tras encender varias velas negras alrededor del niño lo colgamos de una cuerda hasta ahorcarlo. Después recuerdo como cogí aquel cuchillo para abrirlo en canal. Era pequeño, pero de su cuerpo salió una cantidad enorme de sangre, sus intestinos quedaron desparramados por el suelo. Posteriormente me había dirigido con el cuchillo hasta el pecho para sacarle el corazón. Uno a uno nos fuimos comiendo a trozos aquel pequeño corazón. A continuación lo decapitamos y desmembramos, enterrándolo en el descampado.

Fue algo inhumano, esas imágenes me acompañaron durante toda mi vida al igual que los sueños recurrentes y el miedo a algo irracional. A llevar el peso de una muerte bajo mis espaldas, y al esoterismo.

La policía apenas investigó nada de aquel crimen. Al ser de origen rumano lo achacaron a un ajuste de cuentas entre mafias y archivaron el caso. El cadáver nunca fue encontrado.

Me fui quedando dormido hasta que, como era habitual, volví a soñar con aquella pestilencia. A las 3:33AM me desperté. Notaba la cabeza extraña, casi no podía recordar nada, estaba desorientado, no reconocía mi habitación y me costaba enormemente pensar. Intenté levantarme en un primer instante, pero no pude. Con mucho esfuerzo y tras varios intentos logré finalmente ponerme en pie. Apoyado en la pared de la habitación avancé muy lentamente hasta el baño, mis músculos apenas tenían fuerza. Al encender la luz y verme en el espejo quedé estupefacto. Era la imagen de aquel viejo casi centenario.

Lo comprendí todo por un instante antes de caerme al suelo. Aquel sacrificio, aquel pacto, tenía su contrapartida y era hora de pagar por ello.

David S. Suarón. Relato perteneciente al libro "Miedos"(Alternativas, 2019)


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